Editorial
Por Ismael Moreno / Tiempo Regio
Hoy no perdió solo una selección. Perdió un país que, una vez más, depositó en noventa minutos una esperanza construida durante años.
Lo verdaderamente doloroso no es la derrota. Las derrotas son parte del deporte. Lo que duele es comprobar que seguimos conformándonos con competir cuando el resto del mundo juega para ganar. Nos acostumbramos a celebrar el esfuerzo, a justificar las eliminaciones y a repetir que “se hizo un buen Mundial”, mientras las grandes potencias convierten las expectativas en resultados.
México tenía una oportunidad histórica. Jugaba un Mundial en casa, con una generación que ilusionó a millones y con el respaldo de una afición que nunca dejó de creer. Pero el futbol no recompensa la ilusión; recompensa la planificación, el carácter y la capacidad de sostener un proyecto durante años. Y ahí es donde seguimos fallando.
Cada cuatro años cambiamos de discurso, pero rara vez cambiamos de fondo. Se renuevan entrenadores, se señalan jugadores y se buscan culpables inmediatos. Sin embargo, el verdadero problema está mucho más arriba: en un sistema que privilegia el negocio sobre el desarrollo, que exporta pocos futbolistas a las mejores ligas y que sigue pensando más en vender un espectáculo que en construir una selección capaz de competir de tú a tú con la élite.
La afición merece más. Merece un proyecto que no dependa de milagros ni de generaciones aisladas. Merece dejar de celebrar derrotas dignas y empezar a exigir victorias importantes.
Porque la pasión nunca ha faltado. Los estadios llenos, las calles pintadas de verde y millones de mexicanos alentando desde cualquier rincón del mundo son prueba de ello. Lo que ha faltado es convertir esa pasión en una estructura que produzca resultados.
Quizá la mayor derrota no fue quedar eliminados. La mayor derrota sería que dentro de cuatro años estemos escribiendo exactamente el mismo editorial.










