Homero McDonald Chávez llega al largometraje con una decisión tan concreta como arriesgada: convertir la materialidad de los objetos en el corazón mismo del miedo. La isla que da título a la película no es la chinampa original de Xochimilco, sino una recreación construida en Tenango de las Flores, Puebla; alrededor de 2,830 muñecas fueron recogidas y modificadas a mano para el rodaje. Esa voluntad por lo táctil —rechazo deliberado de imágenes generadas por inteligencia artificial, según el director— marca desde el primer momento la ambición estética y narrativa del proyecto.
La propuesta parte de un esquema reconocible en el cine de terror contemporáneo: un grupo de jóvenes que entra en un enclave aparentemente abandonado en busca de respuestas y termina atrapado. McDonald Chávez incorpora a ese núcleo el eco de una leyenda conocida —el relato asociado a Don Julián Santana y las muñecas de Xochimilco— y lo mezcla con una ficción propia que introduce la figura de una niña, Cleo, y la presencia de una secta. El resultado es una película que se apoya tanto en convenciones del género —aislamiento, atmósfera opresiva, la imposibilidad de una salida rápida por agua— como en elementos locales que le dan un sello identitario.
La decisión de recrear la isla y de fabricar un escenario ampliado responde a necesidades prácticas y creativas: el sitio original se consideró demasiado pequeño y la producción necesitaba espacio para que los actores interactuaran con objetos reales. Esa apuesta por la realidad física se traduce en un trabajo de producción notable por su escala: reunir y acondicionar casi tres mil muñecas, con intervenciones manuales constantes, implica un esfuerzo creativo que no es menor. Desde la perspectiva periodística, el gesto del director tiene sentido: la textura de lo real puede, en teoría, producir un efecto de inquietud distinto al de lo digital.
En lo narrativo, la película se nutre de la tensión entre lo explicado por la leyenda y las explicaciones añadidas por el guion. McDonald Chávez transforma un folclor sin resolución en una historia con personajes y conflictos que buscan dar respuesta a lo que la tradición popular deja abierto. Esa ampliación —la introducción de la secta y el sacrificio que vincula a Cleo con el espacio— le permite jugar con la psicología del grupo y con la figura del periodista escéptico que encabeza la expedición. Las fuentes promocionales, sin embargo, muestran algo de desorden en la identificación de personajes (discrepancias en el nombre del periodista), lo que habla de una comunicación de prensa con zonas grises antes del estreno.
El filme también se ve marcado por su contexto de producción: McDonald Chávez debuta como realizador de largometraje tras una carrera en producción, y el rodaje enfrentó complicaciones logísticas —traslados, lluvias, cruces por aguas profundas, incluso la necesidad de bomberos para controlar un incendio durante una escena— que influyen en la percepción del proyecto como esfuerzo colectivo. Hay, además, referencias a diferencias creativas entre el director y el director de fotografía; McDonald Chávez asegura tener una idea clara de la apariencia buscada desde el guion, pero esas tensiones internas son frecuentes en debuts y suelen dejar huella en la cohesión visual final.
En cuanto al elenco, la película reúne a actores de distintas generaciones: nombres como Javier Ponce —quien describe su papel de Bruno como un intento de verosimilitud y reconoce que es su primera película de terror— conviven con figuras más veteranas como Alejandro Tommasi e Isaura Espinoza. La convivencia de mes y medio en la locación sugiere una dinámica de trabajo intensa; relatos del equipo sobre sucesos nocturnos quedarán, por ahora, en el terreno de las anécdotas del rodaje.
¿Qué logra La isla de las muñecas y dónde tropieza? Su mayor acierto es el compromiso con una idea concreta: hacer que el objeto —la muñeca, la choza, el entorno físico— sea actor y provocador. Esa elección otorga al filme una identidad clara y aprovecha el folclor regional para anclar el horror. En el lado menos firme, la película arriesga quedar demasiado cerca de fórmulas reconocibles del género si no logra transformar la acumulación de objetos en una inquietud verdaderamente transformadora; las complicaciones técnicas y la prolongada postproducción que se mencionan en los materiales podrían haber dejado secuelas en el ritmo o en los efectos, aunque las fuentes no permiten afirmar con certeza cómo se resolvieron.
La isla de las muñecas no pretende renovar el terror; aspira a traerlo al terreno lo más físico posible, con decisiones de producción que merecen reconocimiento por su ambición práctica. Como primer largometraje de su autor, muestra oficio y voluntad de contar con herramientas tangibles, pero también arrastra las inevitables dudas de un proyecto de alcance que se hace a partir de una leyenda y de un primer paso detrás de la cámara.
Calificación: ★★★★☆ (4 de 5 estrellas)
Recomendación: Especialmente recomendable para espectadores interesados en el cine de terror que valora la presencia material —objetos, locaciones, trabajo artesanal— y para quienes aprecian propuestas que adaptan leyendas locales sin buscar soluciones digitales fáciles. Quienes busquen experimentos radicales en la forma o un tratamiento completamente novedoso del género podrían encontrarla más convencional.
Ficha técnica
Director: Homero McDonald Chávez
Reparto: Javier Ponce, Alejandro Tommasi, Isaura Espinoza, Dayana Velver, Gerardo Murguía, Sergio Reynoso, Elena del Río, Patricio José, Antonio Monroi, Juan Vidal
Duración: 80 minutos
País: México
Año: 2026























