El cine de terror ha comenzado el 2026 con una propuesta que no anda con rodeos: Primate. Dirigida por Johannes Roberts, quien ya tiene experiencia en ponernos los pelos de punta con cintas como A 47 metros, esta película es un recordatorio de que, a veces, el género no necesita metáforas profundas ni mensajes sociales para funcionar. La premisa es tan sencilla como efectiva: una familia en Hawái se ve acosada por Ben, un chimpancé que fue criado como un miembro más del hogar, pero que tras contraer rabia se convierte en una máquina de matar imparable. La dirección de Roberts es inteligente porque conoce sus límites y sus alcances; no pierde el tiempo en presentaciones largas y se lanza de lleno a la acción en una sola locación. El ritmo es frenético y logra convertir una lujosa casa de playa con piscina en una trampa mortal, demostrando que el director sabe cómo manejar el suspenso en espacios cerrados para mantener al espectador pegado a la butaca.

El guion, escrito por el propio Roberts junto a Ernest Riera, es honesto y directo. No busca engañar a nadie con giros de tuerca imposibles; su estructura es la de un «slasher» clásico donde lo que importa es la supervivencia. El desarrollo de los personajes es básico pero suficiente para que nos importe quién será la próxima víctima. En el apartado actoral, destaca la presencia de Troy Kotsur, ganador del Oscar por CODA, quien interpreta al padre de familia. Aunque su papel es secundario, su presencia le da un toque de peso dramático a la cinta. Sin embargo, el peso del relato recae en Johnny Sequoyah como Lucy, quien regresa a casa para enfrentar no solo el duelo por su madre fallecida, sino la furia ciega de un animal que solía querer. La actuación de los jóvenes es la adecuada para este tipo de cine de «clase B», donde los gritos y la desesperación son los protagonistas absolutos.

Visualmente, la película saca provecho del contraste entre el paraíso de Hawái y la brutalidad de los ataques. La fotografía de Stephen Murphy utiliza encuadres cerrados que aumentan la sensación de agobio, mientras que el diseño de producción logra que la casa se sienta inmensa y vacía a la vez. Lo más destacado, sin duda, es el trabajo de efectos y maquillaje; la película no escatima en escenas gráficas y charcos de sangre, cumpliendo con la cuota de gore que los fans del género esperan. La banda sonora acompaña bien la tensión, aunque lo que realmente eriza la piel son los sonidos naturales y los gritos del simio, que se vuelven una presencia constante y amenazante. En conclusión, Primate es una película que sabe exactamente lo que es y no intenta ser otra cosa. Es un entretenimiento crudo, violento y muy divertido para quienes buscan una descarga de adrenalina sin complicaciones. Logra su objetivo de entretener y asustar, consolidándose como un estreno sólido que celebra el terror más visceral y honesto.
















