En el árido e imponente corazón de la Reserva de la Biósfera Mapimí, convergiendo entre los estados de Chihuahua, Coahuila y Durango, se encuentra un territorio que por décadas ha sido el lugar preferido de los teóricos de la conspiración y “cazadores de ovnis”, la mal llamada «Zona del Silencio».
Es momento de sepultar la charlatanería y desmitificar la región: No hay naves extraterrestres en el Bolsón de Mapimí, pero sí hubo una operación militar encubierta. Todo comenzó en julio de 1970, cuando un cohete de pruebas de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos llamado “Athena”, fue lanzado desde Utah con destino original a la base militar de White Sands Missile Range, en Nuevo México. Sin embargo, supuestamente sufrió un “fallo técnico” y perdió su rumbo. El cohete desvió su trayectoria hacia el sur y terminó estrellándose en territorio mexicano.
Lo que encendió las alarmas de Washington no fue la pérdida de la nave en el impacto, sino lo que el cohete llevaba en su interior. Dijeron que había sido dos contenedores con Cobalto-57 para no alarmar a la población, pero, gracias a la investigación de José Jaime Herrera, hoy se sabe que lo que realmente transportaron fueron dos contenedores con “Dióxido de Torio” y tres elementos de estudio con el radioisótopo “Tantalio-182”.
José Jaime Herrera, más conocido en los medios como “Jimmy Herrera”, realizó una labor crucial en este caso. Originario de Coahuila, fue promotor e impulsor de la Agencia Espacial Mexicana, y es un reconocido divulgador científico, quien actualmente es el Presidente de la Sociedad Astronómica de Quintana Roo.
En aquel tiempo, los lugareños observaron cómo una zona remota y olvidada se llenó de vuelos de aeronaves, vehículos militares y la aparición de especialistas estadounidenses, para realizar el rescate de los restos de dicho cohete y “remover” toneladas de arena contaminada con radiactividad. Pero realmente no se llevaron ninguna arena contaminada. Según la investigación de Herrera, solamente removieron dicha arena con maquinaria pesada y la dejaron en el mismo sitio. Lo único que hicieron fue colocar una serie de tambos, para tomarse fotos, como si estuvieran llenándolos con arena supuestamente contaminada. Sin embargo, nos menciona el investigador, la mayoría de los residuos siguen en el mismo desierto.
“Augusto José de la Peña Pérez, alias Harry de la Peña, fue el encargado diseminar el mito de esas supuestas anomalías magnéticas que se presentaban al norte de Ceballos, Durango. Estamos hablando de Parras, Valle de Allende, Jiménez y Chupaderos, todos en el Estado de Chihuahua. Esto con el fin de que toda la opinión pública poco a poco fuera aceptando la presencia de personal estadounidense dentro de la Comarca Lagunera, supuestamente con el objetivo de estudiar esas susodichas anomalías. Pero, lo que realmente se estaba gestando ante el propio gobierno mexicano, era que los estadounidenses instalaran un Centro de Monitoreo Espacial muy cerca del poblado de Ceballos”, nos mencionó Jimmy Herrera.
En sus investigaciones dedicadas a desmitificar la «Zona del Silencio», Herrera ha expuesto tajantemente que las historias ufológicas, repetidas hasta el cansancio en revistas y programas de entretenimiento, que carecen de todo sustento real. Recientemente, fue entrevistado por el analista escéptico Mario Adalid Lugo, en su canal “El Ciudadano Escéptico Podcast”, en donde reveló datos que desmienten todos los cuentos relativos y elaborados a la supuesta “Zona del Silencio”, que de hecho, esa zona originalmente era llamada como “La Zona de los Meteoritos”.
La investigación de Herrera señala que los aparentes «silencios» en las transmisiones no responden a ningún “vórtice magnético”, sino a simples cuestiones de las condiciones geográficas que aíslan naturalmente el área. De hecho, el termino de “zona de silencio” en realidad se refiere a una zona donde había censura periodística y mediática que operó dentro del desierto, bajo estricta vigilancia militar -como parte de un ejercicio militar extranjero encubierto del todo-.
Herrera nos menciona que “En 1970 durante el incidente del cohete Athena, el pensar de la opinión pública no hacía referencias a platillos voladores o extraterrestres en los alrededores del Bolsón de Mapimí. De hecho, el mismo Harry de la Peña junto con terceras personas, le dio más fuerza al mito de la Zona del Silencio a partir de 1974, cuando se comenzaron a publicar libros sobre esos supuestos misterios magnéticos del lugar. Todo esto claramente como una gran cortina de humo para ocultar el ejercicio militar norteamericano que se realizó dentro de territorio mexicano”. 
Una de las leyendas asegura que en ese punto del desierto existe una “energía magnética tan densa que las señales de radio mueren y las brújulas giran sin control”. Jimmy Herrera ha expuesto que esto es completamente falso, y corresponde a una “manipulación mediática para ocultar un ejercicio militar norteamericano dentro del desierto, bajo el beneplácito del propio gobierno federal mexicano durante la administración de Gustavo Díaz Ordaz”, así nos señala el investigador.
“En la década de los setentas no había tantas emisoras de radio en la Comarca Lagunera. De las pocas que había, la gran mayoría eran en Amplitud Modulada (AM) de la cual sus ondas no se propagan por la ionósfera, sino por el terreno mismo. Al haber ciertos cerros o montañas, por lo general obstaculizaban la propagación de la misma, a lo que se perdía la señal de la emisora. También ocurría cuando se estaba cerca de línea de alta tensión. Pero el pretexto de la pérdida de las ondas hertzianas en el desierto, fue una simple estrategia más utilizado por Harry de la Peña para alimentar ese misterio, que serviría como un justificante para la presencia de personal de la fuerza aérea estadounidense en el desierto, pero posteriormente sirvió como una gran cortina de humo que hasta la fecha, aún sigue siendo vigente”, nos comenta Jimmy Herrera.
De hecho, no hay un magnetismo que «enloquezca» los aparatos, sino yacimientos naturales de magnetita (un mineral de hierro) concentrados en el suelo de ciertas áreas muy específicas que pueden desviar levemente una aguja si se coloca directamente en el piso, algo puramente geológico y estudiado por la ciencia, no un fenómeno “anómalo”.
Herrera detalla en su investigación cómo los propios pobladores locales, guías turísticos improvisados y ciertos medios de comunicación alimentaron el mito, a sabiendas de que era una ficción muy lucrativa. Al volverse popular la historia del cohete Athena, la región, que carecía de actividad económica fuerte, descubrió un negocio muy rentable en el «turismo ovni».
El investigador expone que se algunos empezaron a vender piedras comunes del desierto asegurando que eran meteoritos, y se crearon cuentos falsos sobre luces en el cielo, muchas de las cuales eran simples satélites artificiales visibles gracias a la limpieza y oscuridad extrema del cielo del desierto.
El investigador hace hincapié en que lo que él descubrió fue que “Lo que realmente se esparció en el desierto fue Dióxido de Torio, que tiene una vida media de 14 mil millones de años, también “Tantalio-182”. Nunca se utilizó el radioisótopo Cobalto-57, ya que eso fue una gran mentira para no alarmar a la población. Con la finalidad de obstaculizar el tránsito y la edificación en la zona afectada por estos residuos dejados por el impacto del cohete Athena, fue que se perimetró el lugar bajo el pretexto de la creación de la Reserva de la Biósfera del Bolsón de Mapimí, a través de un programa elaborado por la UNESCO denominado como El Hombre y la Biósfera”.
Lo que Jimmy Herrera rescata como el verdadero valor histórico y oculto de la zona, es el enorme impacto geopolítico que tuvo el incidente de 1970. En plena Guerra Fría, un cohete militar estadounidense de última tecnología se desvió profundamente hacia el interior del territorio mexicano portando un sensible material radiactivo, el cual contaminó mucha tierra del lugar, tierra que ahí continuaría contaminada y que podría haber generado casos de intoxicación o envenenamiento en quienes visitaban el lugar, o incluso al libre ganado que suele estar en el lugar.
Herrera enfatiza que el verdadero «secreto» no eran los extraterrestres, sino que el gobierno de E.U.A. ordenó directamente al gobierno mexicano que permitiera la entrada de elementos de la fuerza aérea norteamericana, ingenieros y científicos estadounidenses a territorio nacional para. Supuestamente, “limpiar” los residuos.
“Nunca hubo una negociación. De hecho, eran órdenes directas ya que el presidente mexicano en turno estaba bajo la nómina de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Tanto autoridades estadounidenses como de las mexicanas, estaban coludidos en esta gran operación encubierta. No hubo ninguna falla técnica por parte de la fuerza aérea norteamericana, ya que fue todo premeditado”, menciona categóricamente Jimmy Herrera.
“La fantasía de los ovnis -al igual que de otros mitos-, simplemente ocultan lo que verdaderamente aconteció en ese desierto. Todo con el fin de desviar totalmente la atención de la opinión pública, y se olvidase de las intenciones norteamericanas de querer establecerse en Ceballos”, señala el investigador.
Lamentablemente, el verdadero precio de este falso mito alienígena lo ha pagado la propia naturaleza del Bolsón de Mapimí. La fiebre por el “misterio” atrajo a miles de curiosos irresponsables que saquearon la zona buscando recuerdos «alienígenas», alterando el delicado equilibrio ecológico.
“Efectivamente con todo esto se hizo el mayor ecocidio en la historia del país, al llevarse los curiosos: material pétreo, flora y fauna endémica del desierto, por décadas”, nos comentó Herrera.
Nos mencionó que es imperativo concientizar a la sociedad que aún prevalece dentro de este mismo desierto residuos radioactivos, que bien pudiera afectar la salud de quienes visiten parte de este desierto, por lo que se exhortó a no visitarlo por cuestión de seguridad, y dejar de ver a esta región como un parque temático para el esoterismo.
El desierto de Mapimí, es un santuario que alberga alrededor de cientos de especies de plantas y animales, no necesita historias de naves intergalácticas para ser un lugar extraordinario. Su valor científico, biológico y de conservación es incalculable por sí mismo. A través de su trabajo, Jimmy Herrera busca que la Reserva de la Biósfera de Mapimí sea reconocida por lo que verdaderamente es, un tesoro natural invaluable para las ciencias naturales, con especies endémicas únicas con una fascinante historia, limpiando su reputación de los engaños ufológicos que sólo dañaron su ecosistema.
“Realmente no existe La Zona del Silencio. Ese nombre fue más un código para mantener a raya a los periodistas cuando cayó el cohete Athena, y prevaleciese un cierto hermetismo con la operación encubierta que se estaba llevando a cabo. Un ejercicio militar norteamericano, parcialmente exitoso, dentro del territorio mexicano”, aseguró Jimmy Herrera.
Y eso fue el fin del misterio. Ahí se los dejo de tarea. Que todos tengan una muy bella y desmitificante noche.
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