La Arena Monterrey vivió una noche inolvidable este 12 de septiembre, cuando el “Rey del Acordeón” salió al escenario a las 21:41 horas para reencontrarse con su público regiomontano. Desde el primer instante, la ovación fue contundente: seis décadas de carrera respaldaban ese cariño que la gente le hizo sentir a flor de piel.
Ataviado con un traje norteño negro y un saco rojo brillante, Ramón Ayala apareció acompañado de sus inseparables Bravos del Norte, desatando la algarabía en cada rincón del recinto. “¿Cómo está mi gente? Mis paisanos de aquí de Monterrey, la cuna de la música norteña. Estamos muy contentos de estar con todos ustedes por acá esta noche. Ojalá se lleven un grato recuerdo de nosotros. Aquí vamos a dar para que bailen y canten, y hagan todo lo que ustedes quieran”, expresó emocionado en su mensaje de bienvenida.
La conexión con la ciudad natal se hizo más íntima cuando mandó un saludo especial a su familia presente en el público, aunque bromeó al decir que no sabía dónde estaban entre tanta multitud. Incluso confesó tener molestias en la garganta que le dificultaban alcanzar ciertas notas, pero lejos de apagarse, su entrega se multiplicó: regaló un repertorio cargado de clásicos que marcaron a varias generaciones.
La velada arrancó con fuerza gracias a Mujer paseada, Puño de tierra y Baraja de oro, seguidos de temas como Hay que pegarle a la mujer, Recuérdame, Ven y Enséñame a olvidar. No faltaron favoritos del público como Chaparra de mi amor, Casas de madera y, por supuesto, el infaltable himno de despecho: Tragos amargos. Cada acordeónazo desataba coros multitudinarios y brindis improvisados desde las gradas.
El concierto, que se extendió por dos horas y media, también tuvo sorpresas memorables: un mariachi subió al escenario para rendir homenaje a Cornelio Reyna, compañero entrañable de Ayala. Juntos interpretaron piezas como Me caí de la nube, Me sacaron del Tenampa y Te vas ángel mío, además de adaptar al estilo mariachi el emblemático Un rinconcito en el cielo. Fue un momento cargado de nostalgia que provocó lágrimas y aplausos entre los asistentes.
Con ocho pantallas gigantes, un sonido impecable y un juego de luces vibrante, la producción —aunque sencilla— cumplió con envolver a los asistentes en un ambiente de fiesta y añoranza. Más que un espectáculo, la despedida fue un reencuentro íntimo entre el ídolo y su gente, un homenaje a la música norteña y a la historia de un hombre que, nacido el 8 de diciembre de 1945 en esta Sultana del Norte, se convirtió en leyenda.
La Arena Monterrey despidió de pie a Ramón Ayala, entre aplausos y gritos. Una noche que confirmó lo que muchos ya sabían: el “Rey del Acordeón” no se va solo, deja un legado que seguirá vivo en cada fiesta, cada acorde y cada canción que evoque la grandeza de la música norteña.















