El director Paul Feig, conocido por darnos comedias brillantes como Damas en guerra, da un giro interesante en su carrera con La empleada (The Housemaid), una película que mezcla el suspenso psicológico con ese toque de lujo y misterio que tanto nos atrapa. Basada en el libro de Freida McFadden, que ha sido un éxito de ventas mundial, la cinta nos introduce en la vida de Millie, una joven que busca una segunda oportunidad tras salir de prisión y termina trabajando para los Winchester, una pareja adinerada que parece tener la vida perfecta en una mansión de catálogo. Sin embargo, como bien nos muestra Feig, en estas casas impecables la suciedad no está en los muebles, sino en las intenciones de quienes las habitan. La dirección es astuta porque sabe cuándo acelerar el ritmo para darnos un susto y cuándo detenerse para que sintamos la incomodidad de la protagonista, logrando que el espectador se sienta como un infiltrado más en ese hogar lleno de trampas.

El guion es una pieza clave que juega con nuestra mente de principio a fin. Lo que parece ser una historia típica de la «empleada vulnerable» frente a la «esposa inestable» y el «marido encantador», pronto revela tener varias capas de engaño. La película no tiene miedo de abrazar ese estilo de los thrillers de los años 90 que tanto nos gustan, donde el peligro acecha en cada pasillo, pero lo hace con una mirada moderna sobre el poder y el control. Sydney Sweeney es el alma de la película; su interpretación de Millie es excelente porque logra transmitir una mezcla de fragilidad y fuerza que te hace apoyarla en todo momento. Por otro lado, Amanda Seyfried se luce como Nina, entregando una actuación intensa que nos mantiene dudando de su cordura y de sus verdaderas intenciones durante todo el relato. La química entre ellas no es de una simple rivalidad, sino de un duelo constante por ver quién tiene el control de la situación, mientras Brandon Sklenar aporta el equilibrio necesario como el esposo que parece ser demasiado bueno para ser verdad.
En el apartado visual y sonoro, la película es impecable. La fotografía utiliza la arquitectura de la mansión para crear una sensación de encierro, como si fuera una jaula de oro donde nada es lo que parece. El diseño de producción resalta ese lujo excesivo que contrasta con la realidad de Millie, ayudando a que la atmósfera de sospecha crezca en cada escena. La música de Theodore Shapiro acompaña perfectamente esta tensión, subrayando los momentos de revelación sin volverse invasiva. Aunque la película a veces se toma muy en serio a sí misma, hacia el final se permite un desenlace liberador y lleno de sorpresas que dejará a muchos satisfechos. En conclusión, La empleada es un producto muy entretenido que cumple lo que promete: giros inesperados, actuaciones de primer nivel y esa satisfacción de ver cómo los secretos más oscuros salen a la luz. Es la opción perfecta para quienes disfrutan de un buen chisme con tintes de peligro y una buena dosis de justicia.















