Hay películas que se acercan a la historia con respeto solemne, como si caminaran en puntitas sobre la memoria colectiva. Autos, mota y rocanrol, la nueva cinta de J.M. Cravioto, hace exactamente lo contrario: agarra al Festival de Avándaro de 1971, lo sacude, lo enreda en una madeja de risas y nos recuerda que aquel episodio no fue planificado como mito cultural, sino que se convirtió en uno por accidente.

Cravioto se vale del falso documental para contar cómo dos jóvenes empresarios con más entusiasmo que idea —Justino Compeán, interpretado por Emiliano Zurita, y Eduardo “El Negro” López Negrete, a cargo de Alejandro Speitzer— terminaron organizando un evento que se salió de control desde el primer acorde. Su relación funciona como la de esos personajes que creemos haber visto en The Office: torpes, ingenuos y tan seguros de lo que hacen que lo que nos queda a nosotros es reírnos del desastre.

El guion no busca una narrativa lineal ni un retrato profundo de personajes. Más bien se construye como una sucesión de anécdotas cada vez más absurdas, que van desde las discusiones logísticas imposibles hasta los encuentros con autoridades, medios y artistas que tampoco saben bien qué está pasando. Esa colección de episodios tiene sus altibajos: por momentos parece que el chiste pesa más que la historia, pero al final logra encapsular lo esencial de Avándaro: el caos como protagonista.
Zurita y Speitzer cargan con la película. Su química es inmediata y convincente, dominan el timing cómico y construyen una dupla de “juniors improvisados” que parecen estar siempre un paso detrás de la bola de nieve que ellos mismos desataron. Los secundarios enriquecen la atmósfera, aunque nunca roban cámara: aquí todo orbita alrededor de los dos organizadores que, sin quererlo, terminaron escribiendo un capítulo de la contracultura mexicana.
La recreación visual del México setentero es uno de los puntos más fuertes de la película. Desde la ropa y los peinados hasta la publicidad y los escenarios rurales, todo respira autenticidad sin caer en la postal turística. La fotografía juega con la mezcla de archivo real e imágenes recreadas, alternando entre color y blanco y negro, lo que le da a la película ese aire de documental intervenido que potencia la sátira. A veces la edición se siente caótica —cortes abruptos, miradas a cámara que rompen la ilusión, transiciones sin lógica aparente— pero justo en esa imperfección está el guiño al desmadre original de Avándaro.

Y, claro, está la música. No se trata de un acompañamiento de fondo, sino de un latido constante que inyecta energía a cada escena. El rock setentero suena como grito de libertad y como amenaza en los oídos del Estado. Es el alma de la película, el recordatorio de que lo que se vivió en aquel festival fue más que un concierto: fue una sacudida generacional que la autoridad intentó sofocar sin éxito.

Lo interesante de Autos, mota y rocanrol es que no pretende explicar Avándaro ni convertirlo en reliquia. Su objetivo es otro: revivirlo como lo sintieron miles de asistentes, entre lodo, humo, guitarras y una sensación de que todo podía salirse de control en cualquier momento. Y lo consigue. La risa nunca se aleja del trasfondo político, porque detrás de cada chiste está la sombra de un gobierno que veía en cada acorde una amenaza.
La película llega en un momento donde el cine mexicano se atreve a mirar la historia con humor y sin solemnidad. Cravioto logra entregar una comedia que, entre carcajadas y excesos, deja claro que la contracultura no fue planeada: nació como reacción y sobrevivió porque la música y el desorden también son formas de resistencia.














