Hay películas postapocalípticas que imaginan el fin del mundo como una oportunidad para multiplicar explosiones, criaturas y ciudades reducidas a cenizas. La guerra de los últimos toma otro camino. Ridley Scott adapta la novela The Dog Stars, de Peter Heller, y coloca a Hig, interpretado por Jacob Elordi, en un mundo devastado por una pandemia donde sobrevivir ya no parece ser el problema más difícil. Lo verdaderamente complicado es decidir para qué seguir vivo. Esa diferencia de enfoque define tanto lo mejor como lo más frustrante de una película que encuentra más fuerza en sus silencios que en sus estallidos de violencia.
Scott entiende muy bien el paisaje como extensión emocional. Los espacios abiertos, las carreteras vacías y la inmensidad alrededor del pequeño avión de Hig transmiten aislamiento sin necesidad de subrayarlo. La fotografía de Erik Messerschmidt aprovecha esa escala para enfrentar al personaje con un mundo enorme pero prácticamente deshabitado. Hay belleza en esas imágenes, aunque nunca una belleza tranquilizadora: el horizonte promete libertad y, al mismo tiempo, recuerda todo lo que ya no está. La cámara sabe cuándo contemplar y cuándo acercarse, y esa alternancia ayuda a construir una sensación de pérdida que resulta más convincente que varios pasajes del guion.

Jacob Elordi sostiene buena parte de esa dimensión emocional. Su Hig no está planteado como el típico héroe endurecido por el apocalipsis, sino como alguien que todavía conserva una necesidad incómoda de creer en los demás. El contraste con Bangley, interpretado por Josh Brolin, ofrece la relación más sólida del relato. Brolin convierte al supervivencialista en algo más interesante que un simple hombre armado y desconfiado: su sequedad, su pragmatismo y la forma en que ocupa cada escena hacen visible una filosofía de supervivencia opuesta a la de Hig. Uno piensa que seguir respirando es suficiente; el otro necesita creer que todavía existe algo parecido a una vida.
Ahí está la mejor idea de La guerra de los últimos. En lugar de preguntarse únicamente qué haríamos para sobrevivir, se pregunta qué partes de nosotros mismos estaríamos dispuestos a sacrificar para conseguirlo. Scott trabaja esa tensión con una contención que sorprende en un director asociado con mundos visualmente monumentales. Incluso la música de Harry Gregson-Williams acompaña mejor cuando permanece discreta y permite que el vacío, el viento y los sonidos del entorno tengan peso propio. El diseño sonoro contribuye a que los momentos de peligro aparezcan como rupturas de una calma frágil, no como la razón principal de la película.

El problema aparece cuando el guion necesita convertir esas ideas en acontecimientos. La adaptación de Mark L. Smith avanza con un ritmo deliberadamente pausado, algo que inicialmente favorece el tono, pero no todas las etapas del recorrido tienen la misma densidad dramática. Algunos encuentros parecen existir para mover a Hig de un estado emocional a otro sin desarrollar del todo a quienes aparecen alrededor. Margaret Qualley aporta calidez y una presencia inmediata, pero el relato no siempre le concede el espacio necesario para que su personaje alcance la complejidad que sí intenta construir alrededor del protagonista.
Esa irregularidad provoca una curiosa contradicción. La película quiere ser íntima y reflexiva, pero en ciertos momentos parece recordar que también debe funcionar como thriller postapocalíptico. Cuando aparecen la acción y la amenaza física, Scott demuestra que todavía domina la puesta en escena y la geografía de un enfrentamiento. Sin embargo, esas secuencias no son necesariamente lo que permanece después. Lo más valioso son las conversaciones, las miradas y la sensación de que dos personas pueden interpretar de maneras completamente distintas un mismo mundo destruido.
Tampoco ayuda que el género llegue cargado de referencias inevitables. Después de décadas de historias sobre pandemias, supervivientes y sociedades colapsadas, resulta difícil encontrar una imagen o una situación que no recuerde a algo anterior. La guerra de los últimos no resuelve ese problema mediante una gran innovación conceptual. Su apuesta está en el tono: menos desesperación absoluta, menos espectáculo constante y una curiosa insistencia en que la bondad puede seguir teniendo utilidad incluso cuando aparentemente dejó de ser práctica.
Ese humanismo evita que la película se convierta en otro ejercicio de ruinas y disparos. También explica por qué sus debilidades resultan más visibles: cuando una historia aspira a hablar de duelo, esperanza y reconstrucción emocional, los personajes secundarios necesitan algo más que una función narrativa. Scott consigue momentos genuinamente conmovedores y una atmósfera poderosa, pero el guion no siempre alcanza la profundidad que esas imágenes parecen prometer.
La guerra de los últimos termina siendo una obra imperfecta, visualmente precisa y emocionalmente más interesante de lo que su premisa genérica podría sugerir. No reinventa el cine postapocalíptico ni se acerca a las cimas de Ridley Scott, pero encuentra una identidad propia cuando deja de mirar la destrucción y se concentra en quienes todavía están intentando descubrir qué significa seguir siendo humanos.
Calificación: ★★★☆☆ (3 de 5 estrellas).
Recomendable para quienes disfrutan la ciencia ficción postapocalíptica más contemplativa, los dramas de supervivencia y las historias donde el conflicto emocional pesa tanto como la acción. Quienes esperen dos horas de persecuciones, violencia constante o un mundo construido con gran cantidad de explicaciones pueden encontrar su ritmo demasiado pausado y algunas de sus ideas poco desarrolladas.
Ficha técnica
Director: Ridley Scott
Reparto: Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Allison Janney, Benedict Wong, Guy Pearce
Duración: 118 minutos
País: Reino Unido / Estados Unidos
Año: 2026










