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La Captura: la historia de los policías que tuvieron al Chapo frente a ellos y decidieron no soltarlo

Pete Uresti by Pete Uresti
22 agosto, 2026
in Cine, Farandula
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La Captura: qué es real y qué es ficción en la película de Netflix
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Hay historias que parecen inventadas para el cine hasta que uno descubre que ocurrieron realmente. La última captura de Joaquín “El Chapo” Guzmán pertenece a esa categoría: un narcotraficante que escapa de un operativo de la Marina por el drenaje de Los Mochis, roba vehículos para continuar su fuga y termina detenido, casi por accidente, durante una revisión de rutina.

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Ahí comienza La Captura, la nueva película mexicana de Netflix dirigida por Chava Cartas y protagonizada por Alfonso Herrera, Noé Hernández y Héctor Kotsifakis. La cinta, estrenada el 21 de agosto, tiene una particularidad que la distingue de buena parte de las producciones que durante años han convertido al narcotráfico mexicano en espectáculo: esta vez, el centro de la historia no es el capo, sino los policías que se encontraron frente a él.

Y esa decisión cambia por completo la película.

Alfonso Herrera interpreta a Arturo Carmona y Noé Hernández a Héctor Rosales, nombres creados para la ficción. No son los nombres reales de los agentes que participaron en aquella detención. Sus identidades fueron mantenidas bajo resguardo y, hasta hoy, no forman parte del dominio público. La propia producción reconoce esa distancia entre la realidad y la dramatización: parte de hechos documentados, pero construye personajes y situaciones alrededor de aquello que nunca quedó registrado.

La película toma como una de sus fuentes principales las crónicas que el periodista Héctor de Mauleón publicó en EL UNIVERSAL después de la captura, particularmente el relato de los minutos en que los agentes permanecieron con Guzmán en el Motel Doux. De Mauleón reconstruyó que los policías estuvieron alrededor de 20 minutos a solas con el narcotraficante en la habitación 51, mientras esperaban refuerzos y escuchaban por radio que hombres armados podían dirigirse hacia Los Mochis para intentar rescatarlo.

La realidad, en ese punto, ya tenía todos los elementos de un thriller.

La madrugada del 8 de enero de 2016, elementos de la Marina y otras fuerzas federales irrumpieron en una casa de seguridad del fraccionamiento Las Palmas, en Los Mochis. Guzmán consiguió escapar junto con Jorge Iván Gastélum, “El Cholo Iván”, a través del sistema de drenaje. Después de salir, ambos utilizaron vehículos robados durante la huida. El segundo de ellos, un Ford Focus rojo, tenía reporte de robo y terminó llamando la atención de policías federales que patrullaban la zona.

Lo extraordinario ocurrió después.

Los agentes que detuvieron el automóvil no sabían inicialmente que habían encontrado a Joaquín Guzmán Loera. Cuando descubrieron quién era el hombre que tenían frente a ellos, la situación dejó de ser una detención ordinaria y se convirtió en una cuestión de supervivencia.

Según las crónicas de De Mauleón, el capo intentó convencerlos de dejarlo marcharse. Hubo dinero, promesas de negocios y una advertencia mucho más inquietante: si no lo dejaban ir, podía producirse un enfrentamiento cuando llegaran sus hombres. Los policías no cedieron.

Ese es el corazón de La Captura.

Y también es donde la película encuentra su mejor recurso dramático: no necesita inventar un villano más peligroso que el que ya existía ni crear una persecución imposible. Le basta con colocar a dos hombres comunes frente a una decisión extraordinaria. El dinero puede resolverles la vida; obedecer puede costarles la vida.

Poncho Herrera ha explicado que precisamente esa perspectiva fue uno de los elementos que lo convencieron de participar. En lugar de otra historia construida alrededor de Guzmán, encontró una película sobre quienes tuvieron que decidir qué hacer cuando el hombre más buscado del país quedó literalmente bajo su custodia. Herrera ha destacado también que el interés de la cinta está en esos policías y en el costo que podía tener su decisión no solamente para ellos, sino para sus familias.

Y aquí aparece una de las diferencias más interesantes entre la película y la historia documentada.

En pantalla vemos fundamentalmente a dos agentes. En las reconstrucciones periodísticas, sin embargo, aparece una realidad más compleja. Algunas fuentes describen que fueron dos policías quienes realizaron la intervención inicial y tuvieron el contacto directo con Guzmán, mientras que otras reconstrucciones hablan de cuatro agentes involucrados en la detención y custodia. Incluso existen relatos posteriores que señalan que cuatro policías federales acompañaron a Guzmán y a “El Cholo” durante el traslado posterior.

Por eso, decir simplemente que “la película inventó que fueron dos” sería incorrecto.

La diferencia está en cómo se cuenta cada momento del operativo. La cinta concentra la experiencia dramática en dos personajes ficticios, pero el operativo real involucró a más elementos y distintas fases de intervención. La propia información publicada con motivo del estreno señala esa modificación: en la realidad participaron cuatro agentes en la intercepción y custodia, mientras que la película concentra la historia en Carmona y Rosales.

Es una licencia cinematográfica comprensible. Si se pretende contar una historia de 91 minutos desde la intimidad de dos personajes, repartir el peso dramático entre cuatro protagonistas habría debilitado el conflicto central. El problema solamente aparecería si el espectador confundiera esa simplificación narrativa con una reconstrucción documental.

La Captura no es un documental.

Y sus responsables tampoco pretenden que lo sea. Chava Cartas ha explicado que existe una columna vertebral de hechos comprobados —la persecución, la detención, el motel y otros momentos documentados— y que entre esos puntos la película construye escenas dramáticas donde no existe registro. Poncho Herrera, de hecho, ha reconocido que la frontera entre realidad y ficción es particularmente estrecha en la historia, y que algunas situaciones, especialmente dentro del hotel, tuvieron que ser desarrolladas cinematográficamente.

Eso resulta especialmente importante al hablar de las conversaciones entre los policías y Guzmán.

Sabemos que hubo ofertas, amenazas y un intento de convencer a los agentes de dejarlo marcharse. Lo que no podemos saber con exactitud es cada palabra pronunciada dentro de aquella habitación. Ahí es donde entra el cine.

Héctor Kotsifakis, quien interpreta a Guzmán, incluso consultó a la psicóloga que había trabajado con el narcotraficante para construir una versión del personaje alejada del estereotipo del villano de televisión. La intención fue mostrar a un hombre calculador, inteligente y capaz de manipular la situación, más que repetir simplemente la caricatura del “narco malo”.

Ese enfoque también beneficia a la película porque evita convertir a Guzmán en el protagonista absoluto. La historia que todos conocemos —la del capo que escapó de una prisión de máxima seguridad y volvió a ser capturado— ya ha sido contada muchas veces. Lo que no se había explotado con la misma fuerza era la perspectiva de quienes tuvieron que tomar la decisión de entregarlo.

Ahí Alfonso Herrera encuentra probablemente el reto más interesante de su personaje. Carmona no es presentado como un superpolicía capaz de derrotar a un ejército. Es un hombre que tiene miedo, que entiende que la situación puede salirse de control y que sabe perfectamente que el criminal que tiene esposado puede tener mucho más poder del que él posee.

Noé Hernández funciona como contrapunto y ayuda a que el conflicto no dependa exclusivamente de Herrera. Entre ambos se construye la tensión de dos hombres que saben que hicieron su trabajo, pero que también comprenden que hacer lo correcto no necesariamente significa salir ilesos.

Ese es uno de los aciertos de Chava Cartas.

El director no necesita convertir a sus protagonistas en héroes invencibles. La tensión funciona precisamente porque son vulnerables. El atractivo está en preguntarse qué haría cualquier persona si, de repente, tuviera enfrente al criminal más buscado del país y alguien le ofreciera una fortuna a cambio de mirar hacia otro lado.

La respuesta parece sencilla desde el sofá. Dentro de la habitación 51, probablemente no lo era.

También hay algo que la película consigue y que merece atención dentro del cine mexicano contemporáneo: cambiar la mirada sobre las historias de narcotráfico. La Captura no intenta glorificar el poder criminal ni construir una fantasía alrededor del dinero del Cártel de Sinaloa. El propio Cartas ha planteado el proyecto como una búsqueda de héroes distintos, alejándose de los clichés que durante años dominaron las historias de narcos.

Eso no significa que la película sea ingenua.

De hecho, uno de sus puntos más interesantes es que el heroísmo no aparece como una condición natural de los personajes, sino como una decisión. Los policías pudieron elegir otra salida. La historia real indica que no lo hicieron.

Y ahí está la verdadera fuerza de La Captura: no intenta convencer al espectador de que la corrupción desapareció ni de que las instituciones mexicanas funcionan perfectamente. Lo que hace es rescatar un episodio en el que, pese a todo lo que rodeaba a esos agentes, hubo personas que decidieron cumplir con su deber.

La película, además, llega en un momento en que el público mexicano conoce demasiado bien el género del narcotráfico. Ya vimos al capo, a sus socios, a sus enemigos, sus lujos, sus traiciones y sus fugas. Lo novedoso aquí es mirar al hombre que tiene que esposarlo.

El resultado es un thriller de 91 minutos que funciona mejor cuando se concentra en esa tensión humana que cuando intenta ampliar innecesariamente el espectáculo. La historia real ya es suficientemente extraordinaria: un escape por las alcantarillas, dos vehículos robados, una revisión de rutina, el narcotraficante más buscado del país descubierto casi por casualidad y unos policías obligados a esperar refuerzos mientras saben que pueden convertirse en el objetivo de un rescate.

No hacía falta inventar mucho más.

Y quizá esa sea la mayor virtud de La Captura: entender que, en ocasiones, la realidad mexicana ya escribió el mejor guion.

Al final, queda una pregunta incómoda para el espectador: ¿qué habría hecho uno en el lugar de aquellos policías?

La respuesta es sencilla cuando conocemos el final.

Lo difícil debió ser tomar la decisión cuando todavía no sabían cómo terminaría la historia.

Veredicto: La Captura encuentra una nueva forma de contar una historia que parecía agotada. Su mayor fortaleza está en trasladar el foco de Guzmán hacia los hombres que lo tuvieron esposado y en convertir una anécdota policial documentada en un dilema humano. Alfonso Herrera y Noé Hernández sostienen el conflicto con una interpretación contenida, mientras Héctor Kotsifakis evita convertir a Guzmán en una caricatura. Chava Cartas entiende que la tensión no está solamente en los balazos, sino en la posibilidad de que una decisión tomada en unos cuantos minutos cambie para siempre la vida de quienes la toman.

No es un documental y conviene verla como lo que es: una ficción cinematográfica construida sobre hechos reales, que modifica personajes y concentra acontecimientos para contar una historia de suspenso.

Pero debajo de esa ficción permanece una verdad difícil de superar: aquellos policías realmente estuvieron frente a Joaquín “El Chapo” Guzmán.

Y decidieron no dejarlo ir.

Calificación: 4 de 5 estrellas.

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Pete Uresti es Diseñador Gráfico, especializado en Diseño Web, con conocimientos de Redes Sociales, y Marketing Online. Editor y Redactor de Tiempo Regio Diario Informativo

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