Hay personajes que el cine ha contado tantas veces que resulta difícil acercarse a ellos sin repetir lo conocido. Robin Hood es uno de ellos. Desde las aventuras clásicas hasta las versiones más modernas, el forajido de Nottingham ha sido presentado como héroe, rebelde, guerrero y símbolo de justicia. “La muerte de Robin Hood” decide tomar otro camino: quitarle buena parte de esa leyenda y mirar al hombre que podría existir detrás del mito.
La película de Michael Sarnoski, quien también firma el guion, propone una versión crepuscular del personaje interpretado por Hugh Jackman. Aquí no hay demasiado espacio para el Robin Hood aventurero que roba a los ricos para ayudar a los pobres. Lo que aparece es un hombre envejecido, marcado por la violencia y por las consecuencias de una vida dedicada al crimen. La historia comienza cuando Robin resulta gravemente herido y queda bajo el cuidado de una mujer que representa una posibilidad distinta para alguien que parece haber llegado al final de su camino. La premisa es sencilla, pero el tratamiento está muy lejos de la aventura tradicional.
Sarnoski apuesta desde el comienzo por una atmósfera áspera. La violencia es directa y en algunos momentos bastante gráfica, mientras que el paisaje medieval aparece lejos de cualquier postal romántica. Esa decisión tiene sentido dentro de la propuesta, pero también establece una distancia considerable con el espectador que pudiera llegar esperando una película de aventuras. “La muerte de Robin Hood” es, en realidad, mucho más cercana al drama histórico y al relato de redención que al cine de capa y espada.

Un Robin Hood que prefiere el desgaste a la aventura
La dirección encuentra sus mejores momentos cuando deja que los personajes respiren y evita convertir la historia en una sucesión de enfrentamientos. El problema es que esa misma apuesta termina afectando el ritmo. Después de un arranque particularmente violento, la película reduce considerablemente la velocidad y se convierte en una narración contemplativa, cargada de silencios y conversaciones. Para algunos espectadores ese cambio puede resultar interesante; para otros, especialmente quienes esperan acción, puede sentirse demasiado prolongado. Esa división también aparece en la recepción crítica: mientras algunos especialistas han destacado la ambición de la propuesta, otros han señalado precisamente su severidad y lentitud.
El guion tiene una idea atractiva: cuestionar qué queda de un héroe cuando desaparece la leyenda que lo convirtió en héroe. Sarnoski no está interesado únicamente en contar otra historia de Robin Hood, sino en preguntarse qué ocurre con un hombre que ha vivido durante años rodeado de violencia y cuya reputación terminó siendo más grande que su propia persona. Es una lectura interesante del personaje, aunque el guion no siempre consigue desarrollar con la misma fuerza todas sus ideas.
Ahí está una de las principales limitaciones de la película. Hay momentos en los que el planteamiento parece más sólido que su desarrollo. Algunos personajes secundarios quedan al servicio de la transformación de Robin y determinadas reflexiones sobre culpa, violencia, memoria y redención pueden sentirse demasiado insistentes. La película sabe qué quiere decir, pero en ocasiones tarda demasiado en llegar al punto.

Hugh Jackman, sin embargo, encuentra un registro convincente para esta versión del personaje. Su Robin Hood no necesita grandes discursos para transmitir cansancio. La caracterización física, la postura y especialmente la mirada construyen a un hombre que parece cargar con muchos más años de los que realmente tiene. Es una interpretación contenida, alejada de la imagen heroica que tradicionalmente acompaña al personaje.
Jodie Comer también consigue darle presencia a la hermana Brigid, un personaje que funciona como contrapunto frente a la dureza de Robin. Comer aprovecha los momentos más íntimos y evita convertirla en una figura excesivamente idealizada. Bill Skarsgård, como Edward, tiene una participación más física y agresiva, mientras que Faith Delaney y Noah Jupe aportan algunos de los momentos más humanos de la historia. La dirección de actores es, en términos generales, uno de los elementos que mejor sostiene la película.
Visualmente, “La muerte de Robin Hood” tiene bastante más personalidad. El trabajo del director de fotografía Pat Scola aprovecha los paisajes de Irlanda del Norte para construir un mundo frío, húmedo y poco acogedor. El barro, la vegetación, los cielos grises y la iluminación tenue contribuyen a que el escenario parezca tan desgastado como el propio protagonista. La fotografía fue realizada utilizando distintos formatos de película, incluido Kodak Verita, y esa elección ayuda a conseguir una textura orgánica que se aleja del aspecto excesivamente pulido de muchas producciones contemporáneas.
El diseño de producción de David Lee también trabaja en esa misma dirección. No intenta convertir la Edad Media en un espectáculo visual, sino hacerla tangible, incómoda y, en algunos momentos, desagradable. Es una decisión coherente con el tono general, aunque también contribuye a que la película tenga una apariencia deliberadamente gris y sombría durante buena parte de su metraje.
La música de Jim Ghedi acompaña sin buscar convertirse en protagonista. Su función principal es reforzar el carácter melancólico y contemplativo de la historia, apoyando los momentos de tensión y los pasajes más íntimos. Es un trabajo discreto que encaja con una película que, en general, prefiere sugerir antes que subrayar.
El resultado final es irregular, pero interesante. “La muerte de Robin Hood” tiene la virtud de no intentar competir con las versiones anteriores en sus propios términos. No busca recuperar la aventura clásica ni presentar nuevamente al héroe idealizado. Su intención es desmontar al personaje y observarlo desde el cansancio, la culpa y la posibilidad de redención.

El problema es que esa mirada resulta tan sombría que por momentos termina agotando al espectador. La recepción crítica refleja justamente esa división: Rotten Tomatoes registra actualmente 66% de aprobación entre críticos, mientras que Metacritic la sitúa en 60 sobre 100, con opiniones que van desde quienes destacan su reinterpretación del mito hasta quienes consideran excesiva su gravedad.
“La muerte de Robin Hood” no es una nueva película de aventuras sobre el legendario forajido. Es una reinterpretación adulta, violenta y deliberadamente pesimista que utiliza al personaje para hablar sobre las consecuencias de una vida marcada por la violencia. No todos sus planteamientos funcionan con la misma eficacia y su ritmo puede poner a prueba la paciencia del público, pero hay suficiente personalidad detrás de la propuesta para hacerla diferente de las anteriores versiones.
Más que recuperar al héroe, Michael Sarnoski intenta descubrir qué queda de él cuando la leyenda empieza a desaparecer. Y aunque la respuesta no siempre resulta tan profunda como la película pretende, al menos se atreve a mirar a Robin Hood desde un lugar poco conocido.
Calificación: ★★★☆☆ (3 de 5 estrellas)
Recomendación: Recomendada para quienes buscan una reinterpretación oscura y adulta de Robin Hood y disfrutan de dramas históricos de ritmo pausado. No es la mejor opción para quienes esperan una aventura medieval cargada de acción, humor y heroísmo tradicional.
Ficha técnica
Director: Michael Sarnoski
Reparto: Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgård, Noah Jupe, Faith Delaney y Murray Bartlett
Duración: 122 minutos
País: Estados Unidos
Año: 2026









